90 años no es nada

Zuri duerme por primera vez en su casa, envuelta en una sábana limpia y una manta liviana, confortable y segura. Está rodeada de su familia y siente el amor que le da la bienvenida a este mundo, físico y terrenal tal como lo conocemos. Sonríe y todo está en paz.


Desconoce la vida que le espera en la campiña vasca, una zona de altas montañas con cumbres nevadas en invierno y una secuencia de verdes praderas en verano. Pequeños pueblos rurales se esconden en sus valles, con caseríos de piedra y techos de tejas rojas, balcones floridos y macizas puertas de madera, que suelen albergar animales en la planta baja y personas en el primer piso. 

Son viviendas humildes, sencillas, ocupadas por familias ricas en tradiciones, pues la falta de contacto frecuente con las grandes ciudades genera una suerte de aislamiento involuntario que permite evitar la contaminación de las costumbres y asegurar la conservación de las rutinas, como si el tiempo no hubiera pasado para sus pobladores en los últimos dos siglos.


Es en uno de esos pueblitos, donde nace hace más de 90 años y sus padres la bautizan en francés. Es la segunda de 5 hermanas, todas mujeres para desgracia de su padre, que espera las manos fuertes de un hijo varón para que lo ayude en las tareas del campo. Su llegada al mundo es complicada desde el primer momento, cuando la partera del pueblo está enfrascada en sus propias labores de parto y la pequeña tiene que nacer con la ayuda de dos vecinas que se ofrecen para afrontar semejante tarea. El resultado previo a la llegada del doctor, que viene a lomo de burro desde el pueblo vecino, es una criatura de redondos cachetes rosados con un hombro dislocado por la mala posición en que se encontraba al momento de asomarse al mundo. 


Es abril, la primavera europea invade la zona resaltando el verde brillante del pasto y el aroma de las flores silvestres que crecen en las cercanías de los árboles. El calor intenso de la mañana sólo se ve rebajado eventualmente por las brisas que llegan del Cantábrico. 

La parturienta, agotada, pide agua fresca y unas horas de descanso. Las vecinas se llevan a la niña para ocuparse de sus primeras demandas y la hermana mayor, celosa de su existencia, se niega a abandonar el dormitorio donde convive con sus padres y donde pronto deberá dejar espacio para la recién llegada. 

Durante la tarde, los moradores de las casas vecinas, se acercan a conocer a la pequeña, dar las felicitaciones del caso a los progenitores y colaborar con la situación, acercando una bandeja de comida recién horneada, una hogaza de pan fresco o un balde de leche ordeñada en el día, como regalo de bienvenida al pueblo y al mundo en general. 


Los años de infancia transcurren en el campo junto a sus hermanas arreando ovejas y recogiendo castañas, en la escuela local aprendiendo lo básico que sus padres desconocen, en la parroquia donde todos los domingos lava sus pecados con el cura que la bautizó, ayudando a su madre en la cocina y aprendiendo a coser o bordar. 


La adolescencia la empuja hacia la primera ciudad cercana, a dos días de viaje de su pueblo natal, en búsqueda del aprendizaje y la ocupación que le permitan ayudar a la manutención de su hogar, desempeñándose como mucama, niñera, dama de compañía, ama de llaves y cocinera. 


La juventud la empuja aún más lejos, al otro lado del océano, cuando comprende que las posibilidades de éxito en las comarcas que frecuenta están ligadas a un milagro y ella necesita respuestas concretas. El pasaje en el trasatlántico, el camarote compartido en el segundo subsuelo con otros emigrantes europeos con los que no comparte ni el idioma, la pequeña valija de cuero con dos vestidos y algo de ropa interior, la carta de recomendación para las primas que pegaron el salto del charco unos años antes y los bolsillos vacíos de dinero pero llenos de ilusiones, son los últimos vestigios de su vida europea.


La vida americana le depara un matrimonio feliz, enormes sacrificios económicos para lograr la casa propia y todas las privaciones de pequeños lujos vulgares para que sus hijos se conviertan en hombres profesionales y se llenen aún más de ambiciones de progreso que las que ella trajo en su pequeña valija francesa. 


Otra vez es abril, pero el hemisferio contrario del mundo, donde el dorado otoño empieza a dejar paso al cruel invierno, frío, húmedo, gris. Una intensa cortina de agua impide observar por la ventana a los transeúntes que buscan refugio temporal bajo algún techo. Más de 90 años después, el viaje llega a su fin, dado que las afecciones pulmonares que la aquejan desde hace años, ya no tienen tratamiento específico y su médico se ocupa sólo de calmar el dolor. 


Zuri duerme por última vez en su casa, envuelta en una sábana limpia y una manta liviana, confortable y segura. Está rodeada de su familia y siente el amor que le da la despedida de este mundo, físico y terrenal tal como lo conocemos. Sonríe y todo está en paz.


Comentarios

  1. Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
    Consigna: escriban acerca de dos momentos cruciales en la vida de una persona: el día de su nacimiento y el día de su muerte. Cómo fue su llegada al mundo, en qué época, en qué lugar, bajo qué circunstancias. Y, del mismo modo, cómo fue su despedida.

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