A confesión de partes...
En el pueblo se conocían todos, aún desde antes de nacer. Se sabían los parentescos, las amistades, los romances y las envidias silenciosas entre los moradores, un poco porque no eran tantos vecinos y otro poco porque la curiosidad era un motor difícil de manejar. Los padres acordaban los noviazgos de sus hijos, los puestos municipales se heredaban y no se registraban eventos violentos desde hacía décadas.
La cárcel siempre estaba vacía, como una muestra de la calidad moral de los habitantes de la zona. Una sola vez había albergado a un ladrón y el nivel de exposición y vergüenza generado por la condena social fue tan alto, que el pobre tipo no aguantó la tentación de terminar con su vida antes que el juez pudiera expedirse sobre la culpabilidad de los hechos que se le acusaban.
En esta aparente tranquilidad transcurrían los días en Villa Blanca, hasta que a Eduardo se le ocurrió la idea de matar a Isabel. La población enloqueció de pánico y asco, de terror y rechazo, de horror e impresión, de incredulidad y furia contra el culpable de semejante atrocidad, sin saber su identidad.
Porque Eduardo la mató pero no dejó ninguna pista. Isabel fue encontrada muerta en las afueras del pueblo, degollada como un ternero, y la policía no tenía idea por dónde empezar a buscar. No había antecedente alguno de asesinato en la zona. Nunca jamás habían matado a nadie y el desconcierto era inmenso.
No se conocía el motivo del crimen, ni la oportunidad ni el arma homicida. No se sospechaba del vínculo entre el asesino y la víctima, no se sabía de su cercanía ni se consideraban causales diferentes a la locura absoluta.
Los moradores estaban convencidos que el asesino había venido de otro pueblo, había cometido el salvaje delito y se había ido en las sombras, como había llegado. Les resultaba simplemente imposible considerar que uno de sus vecinos podría resultar responsable de una atrocidad semejante. Eso simplemente debía ser descartado y por eso la policía se concentró en el tránsito con los pueblos adyacentes.
La investigación marchaba sin novedades desde hacía varias semanas, hasta que Eduardo se presentó en la parroquia para exponer su conciencia ante los ojos de Dios y confesar la brutalidad de los actos, amparado bajo las reglas religiosas de tal práctica.
Cuando esa mañana el padre Cosme lo recibió en el confesionario, le dio la bienvenida como al resto de los fieles. Eduardo estaba tranquilo, no se lo notaba inquieto ni incómodo por el secreto que pesaba en su conciencia y a decir verdad, tampoco se le veía muestra alguna de aparente arrepentimiento.
Empezó a hablar situándose unos años antes, cuando había conocido a Isabel en ocasión del festejo de cumpleaños de algún amigo en común. Ella estaba casada para ese momento y él también, pero como el amor no preguntaba sobre estados civiles, Cupido había disparado sus flechas dando inicio al vínculo clandestino más perfecto de la historia del pueblo, a los ojos de nadie y en preciado silencio.
Años había durado el romance tormentoso, los encuentros fugaces a escondidas de sus cónyuges, las cartas de amor prohibido destruidas al fuego y las pasiones tibiamente controladas por la racionalidad de sus actos. Hasta que Isabel le dio el ultimátum: o abandonaban sus respectivos matrimonios y huían a la ciudad más lejana que pudieran imaginar, o ella confesaría todo ante su esposo, cargaría con las consecuencias del adulterio y él debería estar preparado para lo mismo.
Eduardo no podía comprender el nivel de locura que había invadido a Isabel, no encontraba lógica alguna en sus palabras y trató de convencerla de lo ridículo que resultaba su planteo. Meses dedicó a explicarle la imposibilidad de su petición, la necesidad de continuar en la ignorancia de todos, la importancia de mantener el secreto para el bien de ellos y de sus familias. Ella lo escuchaba y asentía, lloraba y le expresaba su amor infinito, pero no cedió en su postura y así pasó el plazo que le había dado para que decidiera si prefería seguir viviendo en el pueblo, bajo la mirada acusadora de todos y compartiendo la cama con una esposa no querida, o si tenía el coraje suficiente para armar la valija y partir sin destino, de la mano del amor de su vida.
La desesperación invadía las noches de Eduardo, impidiéndole conciliar el sueño. Dedicaba cada hora de vigilia a pensar una solución, a encontrar la manera de volver a la calma que reinaba en su vida familiar, a evitar el escarnio público, el odio de su esposa, el desprecio de su familia y el castigo social de sus vecinos. Pero llegó la fecha señalada y parecía no haber otra respuesta a sus preguntas más que el plan que había estado imaginando durante semanas. No era una opción que hubiera considerado meses antes, pero ahora se encontraba con su tranquilidad pendiendo del hilo de la cordura de Isabel. Estaba en el extremo en que ninguna decisión puede ser totalmente buena, pero hay que optar por el mal menor porque no hacerlo genera consecuencias aún peores. Nunca se había sentido tan presionado en su vida, tan dolido, tan desesperado y tan enérgicamente decidido a la vez.
Se presentó a la hora acordada, bajo la escasa luz de la luna en una noche nublada por la amenazante tormenta, en el punto de encuentro habitual, el cruce de la ruta nacional con el camino que se metía en la villa y que hacía de calle principal, bajo la falsa promesa de iniciar el escape.
Llegó casi una hora antes, los nervios lo habían invadido completamente y ahora dudaba de su decisión, meticulosamente planificada durante horas y horas. Trató de darse valor a sí mismo, recordando lo difícil que había sido decidir, porque ninguna opción representaba una solución eficaz a su conflicto. Cuando vio a Isabel acercarse con su pequeña valija, se preparó mentalmente para el desafío que se había propuesto y lentamente metió la mano en el bolsillo derecho del saco donde tocó el frío acero de la hoja de su navaja.
Ella caminaba directo hacia él, sin sospechar ni remotamente el destino que se evidenciaba ante sus ojos, llena de esperanzas de una nueva vida en un pueblo desconocido, de la mano del hombre que había sabido darle el amor que nunca había recibido durante tantos años de convivencia con su esposo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para mirar a Eduardo a los ojos, percibió un brillo particular en su mirada, una sensación de frío inexplicable, un halo de miedo que la envolvió como una nube de polvo en el desierto cuando detectó que él no llevaba equipaje, pero no detuvo la marcha porque la inercia la empujaba.
Para cuando reconoció que sus ojos no la contemplaba con el amor de siempre sino con una mezcla de odio y desesperación, ya estaba demasiado cerca. Detuvo el último paso e intentó girar para deshacer el camino, pero los movimientos de Eduardo fueron más rápidos. Su brazo musculoso la sujetó desde atrás a la altura de las clavículas y su mano derecha, con un movimiento limpio y veloz, recorrió la distancia del bolsillo al cuello. El metal se deslizó por su piel y la sangre brotó al instante. Un paso atrás de Eduardo fue suficiente para que Isabel se desplomara sobre sí misma y yaciera desangrándose, al costado del camino.
Él sacó un pañuelo del otro bolsillo, se limpió la mano asesina y envolvió el cuchillo. Levantó del piso la valija de Isabel y emprendió la caminata hacia el pueblo, previo pasar por el tormentoso río que hacía de límite con la villa vecina. Allí, desde el puente de madera, arrojó el equipaje y el arma, y dedicó los siguientes minutos a observar cómo la correntada se los devoraba y los arrastraba hacia adelante y hacia abajo, para quedar sepultados en el fondo de piedras, a muchos kilómetros de distancia.
Con el dorso de la manga se secó el sudor frío y volvió a su casa, se desvistió y se metió en la cama, donde su mujer seguía durmiendo, ajena a todo lo ocurrido.
Cuando terminó el relato, el padre Cosme con el rostro blanco como la nieve, se tomó unos segundos de silencio para comprender lo que acababa de escuchar y formular alguna frase coherente en su cabeza, ahora invadida por las imágenes generadas en la escucha.
Preguntó a Eduardo si estaba arrepentido de sus acciones y él no pudo responder con la verdad que latía en su corazón, así que mintió y dijo que sí. El párroco no tuvo más remedio que atender a los dictámenes de la confesión: le asignó cien padrenuestros con sus respectivos avemarías como penitencia y le pidió que reflexionara sobre sus actos, invocando su ética intachable que exigía la confesión ante sede policial.
Eduardo aceptó la pena, rechazó poner su nombre en el expediente judicial y le recordó con sutileza al sacerdote que el velo de la confesión protegía su secreto para siempre. Con un pequeño esfuerzo, después de varios minutos arrodillado, se puso de pie y salió de la iglesia sin mirar atrás. Cumplió con la penitencia rezando mentalmente durante todo el camino, dando un rodeo suficientemente amplio para llegar a su domicilio con la tarea cumplida, y dio por finalizado el tema.
Nunca nadie supo quién había matado a Isabel ni por qué. Su viudo y sus hijos la lloraban año a año en la misa conmemorativa de su muerte, a la que asistía Eduardo con su esposa en primera fila, y que oficiaba el padre Cosme con un nudo en la garganta y con la carga del secreto que jamás podrá ser contado.
Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
ResponderEliminarConsigna: escriban algo extremo. Puede ser referido al tipo de personaje (muy alto, muy malo), al lenguaje (un texto sin puntos ni comas), a la emoción (un texto muy tierno, un texto muy violento). Piensen cuál es el límite que no estarían dispuestos a cruzar y crúcenlo.