Amistades inesperadas
“Ni loca voy a tocarle el timbre, no somos amigas” le explicaba Matilde a su hija por teléfono, diez días después del anuncio del aislamiento general cuando Gabriela insistía para que tomara contacto con la vecina del departamento A. Le parecía prudente que se hicieran compañía mutuamente, en estos tiempos de soledad obligada.
“Ella tampoco sale a ningún lado mamá, ninguna va a contagiar a la otra. Además sus familiares también están lejos. Se dan un poco de charla al menos!” le decía Mariano a Betty, mientras ella tenía el inalámbrico en la oreja y regaba los malvones en la terraza del departamento C.
El último contacto entre ellas había sido hacía casi dos semanas, cuando Betty volvía de la verdulería y la encontró a Matilde baldeando la vereda del PH en el que habitaban. Se turnaban en la tarea, siempre los viernes, para que cuando llegaran las visitas algunos fines de semana, todo estuviera impecable. La responsabilidad se repartía entre ellas dos, porque el departamento B estaba vacío desde hacía más de un año. Genaro había sido trasladado a un geriátrico cuando sus hijos acordaron que ya no podía vivir solo y ahora sólo quedaban ellas dos.
Los tres vecinos se habían instalado en la propiedad en la década del 60, cada uno con su respectivo crédito hipotecario, que les permitió acceder a la vivienda con un esfuerzo mensual que se reflejó años después en un título de propiedad. Se habían visto toda la vida, pero a la vez eran desconocidos. Cada uno siempre en su mundo, ocupándose de su familia, de su trabajo, de sus amigos. Se saludaban cordialmente en el pasillo o en la vereda cuando el azar los cruzaba, alguna vez se habían tocado timbre para entregar una correspondencia que habían recibido equivocada o para pedir una tacita de azúcar en horas tardías cuando el almacén ya había cerrado, pero no más que eso.
Sin embargo y a pesar de no haberse hecho nunca preguntas, sabían casi todo sobre las otras familias, porque la cotidianeidad los acercaba y las paredes no eran impenetrables a los sonidos.
Genaro se había casado con Asunta y se habían instalado en la vivienda en el verano de 1963. Fue el primero en mudarse, con sus dos hijos varones en tercer y cuarto grado de la escuela primaria. Trabajó toda la vida en la industria metalúrgica, primero como aprendiz, después como obrero calificado, más tarde como supervisor y por fin como encargado de planta, donde se jubiló con más de 40 años de servicio. Ella fue ama de casa y madre devota, hasta que un cáncer fulminante se la llevó de este mundo más temprano que tarde.
Betty llegó en el mismo año, pero casi para Navidad. Se acomodó allí con Ángel y su hijo Mariano, con cuatro años recién cumplidos. Fue maestra de escuela, toda la vida dedicada a generaciones de niños de séptimo grado que saltaban a la adolescencia bajo su acompañamiento. Su marido se había ganado la vida con un camioncito de mudanzas y eso le había dejado graves problemas de columna, por hacer tanta fuerza cargando y descargando muebles. Decía que para qué pagarle a un peón si él podía hacer todo el trabajo y traer todo el dinero a casa, aunque su esposa no compartiera esa teoría. Ella había quedado viuda hacía un par de años, cuando un infarto de miocardio hizo lo suyo y se llevó a su compañero después de las bodas de oro.
El departamento a la calle se mantuvo vacío hasta que en el invierno de 1964, llegaron Matilde, Alberto, Karina que apenas caminaba y Tomás recién nacido. Ella pasaba las noches en vela en el silencio del hogar cosiendo a máquina corbatas elegantes para una fábrica del sur de la ciudad y él, que había ingresado en ENTel cuando era mitad empresa y mitad escuela, había ido acumulando conocimientos y experiencia como para acomodarse como supervisor de zona y trabajar de lunes a viernes de 7 a 15hs, hasta que un estúpido accidente vial le quitó la vida el mismo año que su hija mayor se casaba, porque la vida tiene esos momentos que se recuerdan con lágrimas de emoción y de tristeza al mismo tiempo.
Las tres unidades estaban ocupadas por familias humildes, sencillas, trabajadoras, sin grandes aspiraciones pero con el corazón y la cabeza puestas en el bienestar de los suyos.
Con el paso de los años, los que eran niños crecieron y dejaron los nidos para emprender sus propias vidas; y los adultos, ahora ancianos, se quedaron solos en sus propios mundos de recuerdos, llenos de fotos infantiles, boletines de calificaciones, trofeos de torneos colegiales, medallas de egresados, muñecos de peluche y habitaciones cerradas porque ya no se usaban.
En ese contexto, llegó la cuarentena para Betty y Matilde. Ambas sabían quién era la otra, pero nunca habían sido amigas. Cada una supo crear su propio círculo, que si las madres del club o si las señoras de crochet, que si las amigas de su cuñada o las primas de su marido… cosas de la vida que las fueron llevando por caminos separados estando tan cerca.
Y el aislamiento de todo un país ahora se sumaba a sus propios aislamientos, ya que sólo dejaban sus respectivos departamentos para hacer compras por el barrio, las necesarias para la supervivencia.
Cada uno por su lado, sus hijos habían tenido la misma idea: que sus madres, vecinas de toda la vida, compartieran sus días para no sentirse tan solas en esta etapa en la que no podían asomar la nariz a la calle, porque el virus hacía estragos, sobre todo en gente mayor como ellas que tenían prioridad para la vacunación pero que nadie sabía cuándo llegaría.
Ninguna de las dos se animaba a cruzar el límite imaginario del pasillo, hasta que una noche Betty juntó coraje y más por no escuchar a su hijo que por otra cosa, agarró la bandeja de lasaña recién hecha y le tocó el timbre a Matilde. La dueña de casa abrió la puerta y la miró sorprendida, pero mantuvo la mandíbula en su lugar mientras su vecina le decía que si no tenía planes para cenar, ella había cocinado de más y le gustaría un poco de compañía. Sin esperar respuesta, Betty ya se había metido en el comedor y estaba buscando lugar donde apoyar la asadera caliente, mientras preguntaba si tenía algo de vino tinto porque si no, ella se iba de una corrida de vuelta a su casa y traía una botella.
Matilde cerró la puerta sin haber articulado una sola palabra y se obligó a avanzar hacia la cocina, donde su vecina ya buscaba un sacacorchos en el primer cajón, como si fuera su propia casa. Se ve que su cara de sorpresa era importante porque con el destapador en la mano, Betty se dio cuenta de la invasión, de que había sido un error seguir el impulso y le preguntó si quería que se fuera, que no había problema, que le dejaba la lasaña y todo.
La carcajada de Matilde seguramente se escuchó desde la vereda. No sólo se resistió a que se fuera sino que no tardó nada de nada en buscar una botella de Cabernet y dos copas que entregó a su visitante para que se hiciera cargo de los honores, mientras ella se dedicaba a poner la mesa. No había pan pero había galletitas de agua, así que se iban a arreglar igual. Además, se enteró con la charla, las dos tenían problemas de hipertensión, así que cuánto menos sal, mejor.
De manera totalmente imprevista, se desarrolló la velada más agradable que ambas recordaban en bastante tiempo. En seguida el vino les soltó la lengua y se pusieron al día sobre sus vidas, un recorrido vertiginoso de 70 años como mínimo cada una en dos horitas de cena, incluidas las mandarinas de postre. Para el café, parecían amigas de toda la vida. Habían encontrado tantas coincidencias en su pasado que la cercanía ahora se había estrechado y compartían códigos que ni sabían que tenían.
Ambas extrañaban a sus hijos, pero no reclamaban presencia porque sabían que estaban muy ocupados con sus trabajos, los nietos, las escuelas, las mascotas, las vacaciones…
También extrañaban a sus maridos, que las habían dejado solas en este mundo para afrontar la vejez y el deterioro de su cuerpos, y para enfrentar los recuerdos de tantos años compartidos, trayéndolos imaginariamente a sus vidas por un ratito cada vez que preparaban sus platos favoritos o enganchaban en la televisión alguna película clásica que habían visto juntos, siendo jóvenes.
Cada una encontró en la otra la compañía que no sabía que necesitaba, el apoyo que le hacía falta para sobrellevar esta etapa, el rato de desconexión con los noticieros sembradores de pánico, la conversación cotidiana que hacía distinto el hoy del ayer, el compromiso para la hora de la cena que implicaba no quedarse en la cama cenando un tecito porque les daba fiaca cocinar para ellas solas…
También surgió la compañera de chinchón, la maestra de tejido, la creadora del flan casero más rico de la cuadra, la lectora de cuentos en voz alta, la cebadora de mate… todas esas personas estaban dentro de ellas mismas y las fueron descubriendo noche a noche, con cada charla, con cada cena, con cada botella de vino que, a esta altura, quién les iba a reprochar?
Así, mientras el mundo era invadido por el miedo a lo desconocido, por temibles reportes de muertos en distintos países, por la falta de tratamiento en el horizonte y por la esperanza de la vacuna salvadora aún en desarrollo, ellas construyeron su propio mundo puertas adentro, una noche en el A y una noche en el C, donde no sólo se protegían del virus sino que sin proponérselo, recuperaron un poco de la vitalidad, la memoria, la emoción y la sensibilidad que habían perdido en los últimos años cuando la rutina se había llevado casi todas sus energías.
Quienes crean que las amistades se forjan de chico, en el colegio, en el barrio o en el club, que se den una vuelta por Parque Patricios, a charlar con Betty y Matilde, amigas inseparables desde hace 16 meses y 14 días.
Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
ResponderEliminarConsigna: busquen la pequeñez de lo bello dentro de los grandes horrores. Busquen la belleza en lo rebajado, del detalle, de lo insignificante. Tienen libertad para imaginar lo que deseen, para acercarse a otros géneros narrativos, para escribir desde el extrañamiento, desde lo fantástico, desde lo maravilloso.