Doña Emilia

Después de treinta años de quietud, por primera vez en su vida, Paula estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta de entrada. Muchas veces cruzó esa puerta siendo niña, pero nunca había sido ella quien la abriera. Siempre tocaba timbre para que la dejaran pasar desde el interior, cuando llegaba de visita con sus padres.

Algunas veces golpeaba la mirilla de vidrio verde para que la dejaran entrar a ocultarse, cuando escapaba de los demás niños en la lucha por ganar a las escondidas. Otras veces evitaba la puerta de entrada y se metía por el portón abierto del patio o por alguno de los balcones franceses que daban a los dormitorios, para buscar un vaso de jugo fresco en las tardes de verano que pasaba en la vereda con sus primos y los vecinos de las otras casas.

Por primera vez tenía la llave en sus manos y sintió el peso de los años sobre sus hombros. Había pasado mucho tiempo y la casa se veía gris, fría, solitaria. No se parecía en nada a lo que recordaba. Sus paredes de piedra demostraban un exterior agrietado, donde la naturaleza se había hecho paso y unos pocos brotes verdes asomaban amenazando con hacer más daño. Algunas pintadas políticas cubrían la lisa pared lateral donde no había ventanas y eso colaboraba con su aspecto de abandono general. Algún mal intencionado se había robado la chapa con el número 297 que solía flanquear la entrada. Las persianas metálicas verdes de cada ventana estaban cerradas desde adentro con cadenas que asomaban por entre sus rendijas y se veían cubiertas de telarañas y polvo. Aún sin abrir la puerta, adivinaba detrás la enorme cantidad de folletos, boletas y cartas sin abrir, que algún cartero despistado habría seguido deslizando durante los últimos años.

La vereda estaba tan descuidada que había más espacios en blanco que ocupados por baldosas de vainillas. La municipalidad no se había ocupado de rellenar los lugares vacíos y nadie había reclamado ese descuido. Los canteros, que alguna vez habían estado desbordados por lazos de amor y alegrías del hogar, albergaban yuyos marrones y secos, y restos de tantas otras plantas muertas que ya no eran reconocibles.

Cerró los ojos por un segundo y pensó en la dueña de casa, Doña Emilia. La recordó perfectamente sin hacer ningún esfuerzo. De estatura mediana y bastante gordita, siempre en vestido abotonado estilo batón con el delantal de cocina cubriendo su panza y el repasador en la mano. Las canas, que le hacían compañía desde los jóvenes cuarenta, la habían invadido y ella no se había resistido. Su cabellera corta de rulos era blanca como la nieve y no se preocupaba por disimularlo.

Pensó en la ironía de tocar el timbre, esa pequeña tecla roja que anunciaba su llegada, pero desistió sabiendo que no sonaría y quiso evitar la decepción de no escuchar el ring que tenía grabado en la memoria.

Metió la llave en la cerradura y la giró dos veces. La puerta de metal, pintada de amarillo y dañada por el óxido en su parte inferior, cedió fácilmente ante el primer empujón, generando el chirrido esperable de cualquier abertura que permanece inmóvil durante tanto tiempo. 

Los papeles acumulados en el piso ocultaban parcialmente el granito gris en grandes mosaicos, que tantas veces habían sido dibujados con tiza. El aire, cargado de humedad y encierro, invadió sus pulmones en cada respiración. Las paredes, que habían sido blancas, estaban grises, manchadas por el paso del tiempo sin el mantenimiento adecuado. En el centro del comedor, la imponente mesa de madera se veía desnuda y cubierta de polvo. Dos aparadores bajos coronaban los extremos de la sala, llenos de vajilla heredada de generaciones anteriores, conservadas como tesoro y lucidas sólo en ocasiones especiales para minimizar el riesgo de rotura. 

El ventanal al patio mantenía su color verde, pero no por la pintura bien conservada, sino por las plantas que habían dominado el lugar. Uno de los vidrios estaba roto y la enredadera, que había dejado atrás todos los obstáculos, ahora tapizaba la pared y parte del techo. No había luz, hacía años habían retirado los tapones de la caja eléctrica para evitar un corto circuito y posible incendio. Los pocos rayos de sol que aún entraban por el ventanal del patio le mostraron un paisaje de lo más desalentador. El piso evidenciaba pequeños charcos en algunos sectores, señal del agua que ingresaba por algún lado cuando llovía. Las manchas de humedad y hongos en el techo no dejaban dudas sobre ese inconveniente.

Dio un paso adelante, cerró la puerta a su espalda y se agachó a recoger los papeles del piso. Algunos estaban mojados así que trató de no juntarlos con los que estaban secos, aun cuando sabía que ninguno era de utilidad. Cuando se levantó con los papeles en la mano, la situación era otra. O eso le pareció, al menos.

Las paredes grises eran nuevamente blancas. El vidrio roto del ventanal estaba en perfectas condiciones y la enredadera se lucía espléndida trepando por las paredes exteriores, dando señal de tiempo primaveral, cubierta de pequeñas flores blancas. La luz de la araña central iluminaba las fotos colgadas de las paredes y el reloj con forma de barco traído de alguna localidad costera. En las imágenes se reconoció a ella misma y a sus primos, en distintas edades, mostrando el paso del tiempo para quien quisiera verlo.

La mesa estaba servida para dos. El mantel blanco bordado en sus extremos hacía juego con las servilletas de tela, ubicadas con atención en cada puesto y coronadas con los cubiertos. Los vasos bajos de vidrio translúcido y los platos de porcelana blanca con diseños en azul, señalaban la posición de cada comensal. Una importante panera y un desbordante recipiente de queso recién rallado coronaban el centro de la mesa, dejando espacio para una fuente que aún no había sido presentada. El aroma a estofado invadía el ambiente. El menú eran ravioles, no tenía ninguna duda, como la mayoría de los domingos, cuando siendo niña visitaba a su abuela y pedía permiso para mojar el pancito en la cacerola antes de que se sirviera la comida para todos.

Sus ojos recorrieron los objetos decorativos que cubrían las alacenas. Un portarretratos de plata mostraba una foto blanco y negro de un elegante señor vestido con traje y sombrero; le habían explicado que era su abuelo, a quien no había conocido por su muerte prematura. A su lado, había un pequeño florero con unas rosas chinas recién cortadas, a modo de ofrenda. Varios elefantes de cerámica con billetes enrollados atrapados en sus trompas, ceniceros de lata con el logo de alguna vieja marca de cerveza y dos candelabros con velas sin usar ocupaban gran parte del espacio. Una pequeña estatua de San Cayetano, con un rosario colgando y una estampita de la Virgen de Luján con una velita de noche consumida totalmente completaban la decoración del lugar.

Todo estaba limpio, el aire era fresco, las cortinas del ventanal se agitaban levemente. Se sentía la agradable temperatura de septiembre y se percibía un clima de festejo. No le hizo falta pensar para saber que era el día 14, cumpleaños de su abuela. Era ese día al que treinta años atrás no había asistido porque alguna propuesta de diversión de la juventud le había ganado la pelea a los compromisos familiares. Tampoco se había acordado de llamarla por teléfono al fijo para saludarla. Las obligaciones del trabajo y la facultad le habían hecho perder la noción del tiempo, y la excusa de las múltiples ocupaciones le había parecido suficientemente válida para justificar su error. 

Cuando reparó en ello al día siguiente, ya era tarde. Doña Emilia había dejado este mundo mientras dormía en paz, sin alterar a nadie con corridas médicas, ambulancias de emergencia ni enfermedades crónicas y dolorosas. Estaba perfectamente bien de salud, hasta que en la noche de su cumpleaños número 76, se fue a acostar después de regar sus plantas y nunca más se despertó.

Sus hijas y yernos se habían ocupado de todo. El papelerío en estos casos, con la correspondiente intervención policial y sin testigos del hecho, había sido bastante lento. Sin velatorio, fue cremada y enterrada en el cementerio local. Paula nunca había llevado flores a su tumba. Allí no había nada de su abuela sino una pequeña montaña de cenizas que no la representaban. 

Los años habían pasado, muchos, todos, implacables. Su madre y su tía ya no estaban en este mundo para pagar los impuestos de la propiedad y evitar el remate judicial. Nunca habían tenido la fuerza suficiente para vaciar la casa y darle otro uso. Ella tampoco. Los recuerdos de Doña Emilia dominaban el lugar y para todos había sido más fácil cerrar la puerta amarilla y tratar de superar el dolor sin mirar atrás, concentrándose en el presente y sepultando el pasado.

Treinta años después, por pedido de sus primos, ella había tomado en sus manos la responsabilidad de resolver el destino de la casa familiar y su contenido. Y ahí estaba ahora, sin esperarlo, parada en el festejo del último cumpleaños de su abuela, al que no había asistido y de lo que se había arrepentido en silencio durante muchos años. 

Doña Emilia y su casa la habían estado esperando todo este tiempo y la imagen fue clara ante sus ojos. Su abuela asomaba al comedor proveniente de la cocina, con la fuente de ravioles en las manos, sujetando los extremos calientes con el repasador de siempre. Cuando vio a Paula de pie, al lado de la mesa, su rostro se iluminó con la sonrisa más cálida que podía haber transmitido. Y a pesar de que el ocaso había pasado hacía rato largo, el sol atravesó el ventanal y la casa brilló por última vez, para despedirse.

Paula sintió el abrazo, esa muestra de cariño demorada treinta años, que la había estado esperando en el interior de la pequeña casa de Pavón esquina Moreno, en la que fue tan feliz cuando era niña. La sensación le invadió el cuerpo y el corazón. Las lágrimas afloraron por primera vez y no tuvo intención de contenerlas. Lloró unos minutos y recuperó la calma.

Cuando volvió a abrir los ojos, la casa estaba otra vez gris, triste, abandonada y vacía.  La realidad le había regalado un instante mágico, aunque no podía asegurar si lo había soñado. Lo que era seguro es que la paz interior que había sentido no se podía comparar con nada. En ese momento decidió que no había mejor lugar en el mundo para ella que aquella vivienda de principios de siglo y esa misma noche, dedicó muchas horas a soñar despierta imaginando cómo devolverla a la vida.

Aún no tenía planes firmes pero tenía claro que sobre la puerta luciría el cartel con el nombre de la casa: Doña Emilia. Sería para ella y para su abuela, que la había esperado durante tanto tiempo y que la acompañaría durante muchos años más.

Comentarios

  1. Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
    Consigna: escriban sobre una casa embrujada. Encuentren su manera particular de definirla. Pueden llevar su imaginación hacia donde quieran. Lo importante es que la casa no sea un accesorio sino el corazón de la historia que escriban.

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