El contraste

Él es joven, debe tener entre 12 y 13 años y tiene toda la vida por delante. 

Yo estoy a un paso de los 80 y el final del camino está a la vista.


Él es el quinto de doce hermanos, todos castaños de ojos claros, hijos de un padre campesino y una madre dedicada a la crianza de los niños y las tareas del hogar.

Usa bermudas con tiradores y camisas de lino liviano, heredadas de hermanos, tíos y primos mayores, remendadas y desgastadas, pero pulcras.


Yo soy padre de tres, viudo desde hace 4 años, y abuelo de siete niñas. ¡Quién lo hubiera dicho!

Llevo pantalón y saco de traje, camisa y corbata de primera marca, lustrados zapatos de cuero y gemelos en los puños.


Él es pobre, demasiado pobre.

Comparte con sus hermanos la olla de guisado que su madre prepara con los vegetales que recolectan en el campo y un trozo de carne de algún animal recientemente cazado. Se turnan para sentarse a la mesa, porque el espacio no es suficiente para todos. Tampoco alcanzan los platos, los cubiertos ni los vasos. Algunas noches, tampoco hay pan para mojar en el caldo y llenar la panza. 


Yo soy rico, demasiado rico.

Ceno en finos restaurantes, cada vez que tengo ganas, los mejores platos de la ciudad preparados por las manos expertas de los chefs más renombrados. Muchas veces son platos que ni siquiera me gustan, pero son extremadamente caros así que me los como igual. A veces, ceno en mi gran comedor, atendido por la cocinera y el mayordomo, usando los cubiertos de plata y las copas de cristal, que nadie admira desde hace años. 


Él apenas sabe leer y escribir. Aprendió a sumar con otros chicos del barrio, gracias al cura del pueblo que sólo les permite jugar a la pelota si primero resuelven unas cuantas cuentas. Le cuesta bastante la matemática pero no se desanima y trata de concentrarse para hacer las cosas bien a la primera. 


Yo tengo un enorme diploma universitario que cuelga de la pared de mi estudio, que me declara Doctor en Medicina. Varios carteles más pequeños lo rodean, certificando las especialidades en las que he incursionado durante mi carrera, profesionalizándome al punto de ser requerido por personalidades de todo el mundo, dispuestos a pagar cualquier monto por mis servicios.


Él duerme en una cama pequeña y la comparte con dos de sus hermanos. Se dan calor mutuamente para sumar temperatura al pequeño brasero que todas las noches intenta templar la habitación a fuerza de leños secos. Dos viejas mantas de lana lo protegen del crudo invierno, cuando el viento helado se filtra por el vidrio roto de la única ventana y el piso de madera ruge con cada movimiento.


Yo descanso en una cama de dos plazas ridículamente grande para mí sólo, cuyas patas se apoyan sobre una gruesa alfombra en una habitación calefaccionada por losa radiante. Sábanas de 200 hilos de puro algodón y un acolchado de plumas son suficientes para mantener el calor del cuerpo humano, aún cuando afuera las temperaturas se registren bajo cero y el invierno acumule varios centímetros de nieve en las calles. 


Él sueña con la pelota de cuero que hace meses vio en la vidriera de la tienda del pueblo. Su padre no puede comprársela y por eso, él ahorra cada centavo que recibe como propina ayudando al almacenero a entregar los pedidos. Aún le falta mucho dinero pero se mantiene motivado, con el objetivo claro y sin desvíos. 


Yo tengo todo lo que pueda desear y que el dinero pueda comprar, en cuanto a juguetes de adultos se refiere: dos autos de alta gama, un yate amarrado en el puerto de la ciudad, una sala de cine en mi propio sótano y una colección de relojes que sería envidia de cualquier joyero. 


Él nunca salió del país, ni de la provincia, ni del pueblo. No conoce qué hay más allá de la ruta local, no sabe nada sobre las localidades vecinas ni sobre medios de transporte que no sean sus propios pies o la bicicleta que, de vez en cuando, le presta su vecino, el hijo del carpintero.


Yo he recorrido el mundo, visitando cuánto país me ha interesado conocer, por trabajo o por placer, hospedándome en los mejores hoteles, visitando museos y teatros, confiterías y monumentos, fotografiando cada momento para completar el álbum familiar. 


Él es perseverante, decidido, trabajador. 

Es educado, respetuoso, callado. 

Es tímido, introvertido, discreto. 

Es reflexivo, paciente, calmo. 


Yo también lo soy. 


A pesar de los años que nos separan, he logrado conservar esas características personales, que me hacen quien fui y quien soy. 


Yo soy el anciano que alguna vez fue joven, y que hoy mira con satisfacción los esfuerzos realizados y los logros obtenidos, que valora la familia que tuve y la que tengo, que recuerda con cariño a los que ya no están vivos y que se preocupa por estar disponible para quienes aún siguen acompañándome en este mundo. 


La vida no es más que un viaje en el tiempo y los recuerdos son nuestra forma de documentarlos: la de él y la mía, cuando parado frente al espejo contemplo la fotografía tomada hace casi 70 años. Él y yo seguimos siendo uno. 


A él le gusta la sandía fresca en verano.

Y a mí también.

Comentarios

  1. Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
    Consigna: establezcan una relación entre dos pronombres (él y ella, ella y ellos, ellas y nosotros, ustedes y yo; los que prefieran; reales o imaginarios) y describan la relación a través de pequeños contrastes, manteniendo el ritmo de la equiparación.

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