Fin del viaje

"Besos y abrazos para todos" se lee en el reverso de la postal del puerto de Lisboa, donde el "Atlantis EuroStar" atracó en abril de 1988. 


"Saludos a la familia, los extraño" reza el pie de la foto tomada frente al "Riviera Epic" recién ingresado en la zona portuaria de Punta Cana, en junio de 1987.


"Espero verlos pronto, llevaré regalitos!" son las palabras escritas detrás de la imagen de enero de 1989, capturada en el atracadero de Sorrento, cuando el "Costa Cruceros" detuvo su marcha.


Cientos de recuerdos de este tipo ocuparon el primer cajón de la cómoda del dormitorio, donde la tía Elvira guardó durante años los testimonios de viaje del tío Rafael, Lito para todo el mundo.


Lito nació en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires. Desde chico, la cercanía al mar ejerció su influencia y nunca dudó sobre su destino. A los 7 años, ya sabía que quería ser Capitán de Barco. Pero nada de esos barcos pesqueros donde la tripulación usa sus ropas más viejas y huele peor que el cargamento que recolecta. Él quería ser Capitán de un Crucero. Quería usar el inmaculado uniforme blanco y oler a perfume.


Su padre era un gallego que había emigrado a principios de siglo huyendo de la extrema pobreza de la postguerra y pretendía que siguiera sus pasos en la carpintería. Pero Lito tenía claro que su destino no era la madera sino el mar. Las olas lo atraían, eran su hábitat, su lugar en el mundo. 


Y así fue como, después de varias discusiones familiares y sin dar el brazo a torcer, a los 16 años se enlistó en la Escuela de la Marina Mercante. 

Se recibió de Licenciado en Náutica y Transporte Marino, acumuló incalculable cantidad de horas de práctica y trabajó como oficial por primera vez en un buque petrolero. 


Sabía que la travesía no sería sencilla pero él estaba preparado para enfrentarla. Veinte años de tarea obediente, de aprendizaje a conciencia, de predisposición infinita y sobre todo, de profunda vocación le abrieron el camino en la carrera marítima. 


Fue Capitán de Crucero por primera vez en 1984, en un viaje de 7 días por las costas de Uruguay y Brasil. En ese viaje conoció a Elvira, que era camarera del restaurante principal, y nunca jamás se separaron. Se casaron dos años después, surcando las aguas del Atlántico en el Catalonia Express, con el cura de abordo y toda la tripulación como testigos. 


Dios no les mandó hijos, pero nos mandó a todos nosotros, sus sobrinos que tanto lo quisimos y a quienes siempre consintió, llenándonos de obsequios traídos de los rincones más distantes del mundo.


Cuando se jubiló, después de 50 años de tareas y varias medallas por su fiel servicio y excelente desempeño, se dedicó a su amado pasatiempo: la construcción de miniaturas marítimas que durante años se acumularon en las repisas del comedor de la casa de la Avenida Espora. 


Fue bebedor de los mejores whiskys, fumador de los más exquisitos habanos y dedicado coleccionista de faros miniatura traídos de 26 países. Odiaba la morcilla pero era fanático del choripán. Nunca quiso probar el helado de maracuyá porque "eso no es helado, querida, el helado es de chocolate" decía. Dormía con la ventana abierta y las cortinas corridas para que el sol lo despertara temprano por la mañana, y así no perder un segundo del día. 


El lunes falleció estando internado, después de cuatro semanas de lucha contra una insuficiencia cardíaca detectada casi 30 años antes, pero que no le puso barrera alguna para hacer todo lo que tuvo ganas de hacer. Los informes médicos y las advertencias profesionales sobre su salud nunca fueron atendidas por él. Decía que eran todas pavadas, que él se sentía fuerte como un buey y que no necesitaba ese coctel de pastillitas de colores que pretendían que tomara todas las noches. 


Del otro lado, lo esperan su padre Manuel, su madre Antonia, sus hermanos Ángel, Miguelito y Stella Maris.

De este lado, lo despedimos con amor sus sobrinos Eugenio, Clara, Mercedes, Inés, Carolina y Mariana, nuestros cónyuges e hijos, su adorada esposa Elvira, sus colegas de la Escuela de Marina, sus amigos del Club Estrella del Sur donde jugaba a las damas todos los sábados, sus compañeros de trabajo en tantas embarcaciones y sus vecinos del barrio, entrañables vínculos de toda la vida.   


No le gustaban las flores. El dinero que pudieran invertir en ellas, los invitamos a donarlo a la Casa Hogar para Marinos Retirados, donde Lito colaboraba todos los meses con ropas y alimentos. 


Lito era un buen tipo, malhumorado a veces, detallista, buen cocinero, ávido lector y gran jugador de truco. Vivió como quiso y murió en paz.

Lo vamos a extrañar. 



 

Comentarios

  1. Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
    Consigna: escribir un obituario de una persona a la que hayan querido mucho. La idea es usar algún tipo de material documental (archivos, cartas, fotos, etc.) además de recuerdos. Traten de armar el retrato humano de alguien que ya no está.

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