Irse por las ramas, quién?

 Otra vez me crucé con Marisol. La mitad de las veces que voy al cajero del Galicia me la encuentro, porque vive justo en el edificio que está pegado a la sucursal y el destino hace el resto. Nos saludamos con una sonrisa de compromiso: que cómo estás, que tanto tiempo, que cómo van tus cosas, qué no se puede creer lo grandes que están los chicos… Trivialidades y cada una sigue su camino. 

La conozco desde hace como 40 años! Fuimos al mismo colegio, desde jardín de infantes hasta quinto año del secundario, pero en cursos diferentes. Ella era del D y yo, del B. No tengo recuerdos puntuales con ella porque teníamos grupos de amigas diferentes, pero sí tengo registro de compartir el recreo o algún acto escolar, hasta que en séptimo grado nos pidieron a todas las futuras egresadas que escribiéramos un discurso de despedida. La maestra de lengua eligió los dos mejores, uno de cada división, el de ella y el mío, y los llevó a Dirección para la decisión final. Eligieron el mío y esa fue la jugada clave que dio inicio a la competencia silenciosa pero efectiva que nos acompañó toda la secundaria, atentas a los decimales de cada calificación propia y ajena, con el afán de mantenernos primeras en el promedio general del curso. El puesto de escolta o de abanderada en los actos era una disputa permanente. Algunas veces me ganaba ella por unas centésimas en música y otras veces le ganaba yo por algún redondeo en química. En gimnasia nos iba pésimo a las dos. 


Me acuerdo del día del acto, cuando tuve que leer mi discurso frente a toda la escuela, paradita delante del micrófono, con el jumper marrón, la camisa beige, las medias hasta las rodillas. La mayoría usábamos náuticos marrones pero las que tenían suerte, había logrando que sus padres les compraran los Kickers de gamuza con cordones blancos. Qué belleza de zapatos! Hoy los veo en la vidriera y me vienen ganas de comprarlos, después pienso cuándo los voy a usar y se me pasa. Todavía existe la zapatería cerca de Plaza Once donde comprábamos siempre los zapatos del uniforme y las zapatillas de educación física. Incontables los minutos que le dedicaba mi papá a comprobar el punto exacto del calzado, porque ahí vendían por medio punto. No sé si quedan otros lugares así. 


Era la primera compra apenas estábamos de vuelta de las vacaciones. Siempre nos íbamos la segunda quincena de febrero, a algún departamentito alquilado en la costa. Dos ambientes a cuatro o cinco cuadras del mar y de sólo pensar en la caminata diaria con las reposeras, la sombrilla, la heladerita y los juguetes, más los toallones y las lonitas, ya me canso. 


Igual cansarse en serio eran las diez horas que pasábamos en la ruta para hacer 400 kilómetros. A mi papá nunca le gustó pisar el acelerador pero a veces se pasaba de lento. Jamás comprábamos comida en las estaciones de servicio ruteras, porque era todo carísimo. Llevábamos sanguchitos de jamón y queso hechos con rodajas de lactal, guardados en la misma bolsa en la que viene el pan y cerrados con la misma traba metálica. Mi mamá llevaba un termo, de esos metálicos rayados, con café con leche ya endulzado. A veces negociábamos comprar una gaseosa cuando parábamos a cargar combustible, pero no siempre. 

Esos sanguchitos eran la gloria en ese momento, después de seis o siete horas de marcha y muertas de calor con mi hermana, porque el auto no tenía aire y si abríamos las ventanas, se metía el polvo de la ruta.


Hoy pienso que esos sanguchitos quedan mucho más ricos tostados y ya saboreo el queso derretido sobre el pancito dorado. Increíble que ya tenga hambre; con la milanesa napolitana que almorcé hoy en la oficina, tendría que suspender la merienda y la cena. El postre no lo suspendo, porque como dice mi amiga Noel, la comida va al estómago pero el postre va directo al corazón y ahí siempre hay lugar. Y más si hay helado de chocolate en el freezer. 


Comentarios

  1. Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
    Consigna: escriban un monólogo interior de un personaje que comience a pensar en un recuerdo con un compañero o una compañera de escuela primaria y termine contando qué fue lo último que comió. Entre medio, el personaje tendrá espacio para hacer todo tipo de asociaciones, digresiones, escenas narrativas o descripciones.

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