La carta

Margarita era una mujer aburrida. Lo sabía bien, siempre lo había sido. Y ella, en silencio, se sentía un poco orgullosa de eso. 

Nació en el hospital del pueblo, una tarde sofocante de verano, cuando todos dormían la siesta, a las 38 semanas exactas en un parto natural de 2 minutos. Nada memorable. Ni siquiera lloró. 


En el colegio, se alejaba de sus compañeros lo más posible. Le parecían escandalosos, jocosos, gritones e innecesariamente gesticuladores. No apreciaban el silencio, como ella. 

El peor momento de la jornada escolar era el recreo. Elegía quedarse sola en el aula sin hacer nada, mientras los demás jugaban en el patio a la rayuela o a las escondidas. La hora de música también le resultaba trágica: dos docenas de niños pequeños tratando de articular tambores, toc tocs, flautas y bombos en una sinfonía imposible. ¡Qué tortura!


Odiaba la calesita, las hamacas, el tobogán y el arenero. Nunca aprendió a andar en bicicleta ni a remontar barriletes. No le gustaba el viento que agitaba los molinillos en los quioscos y las banderas en los mástiles. Prefería la quietud. 


Los perros le daban miedo y los gatos, alergia. Los pájaros, que cantaban anidados en los árboles del parque, le parecían demasiado ruidosos, casi tanto como los niños. 


Por más que su familia intentara hacerla cambiar de opinión, ella escapaba de cuanta ocasión de festejo se presentaba. Se iba de los cumpleaños ajenos y del propio. Nunca juntaba las manos para atajar caramelos de la piñata ni comía torta de chocolate. No bailaba con la escoba ni participaba del juego del paquete. No cantaba el feliz cumpleaños y nunca llevaba obsequio para el homenajeado. No aceptaba bolsita de golosinas ni globo de recuerdo. 


Solía pasar horas dentro del placard, escondida en el fondo, en silencio, sin hacer ni un solo ruido, aburriéndose claro. Su pasatiempo favorito era meterse debajo de la cama, con la espalda contra el piso, y contemplar el elástico que sostenía el colchón. Si le habrá dedicado horas a esos listones de madera...


En la secundaria, las cosas fueron parecidas. Algunos chicos del barrio pensaban que era muda, pocos le conocían la voz; sólo hablaba lo justo y necesario, sobre todo en clase para responder las consignas de algún profesor cuya materia no le interesaba en lo más mínimo. Las demás materias tampoco le interesaban, pero no andaba diciéndolo por ahí para no herir susceptibilidades docentes. 


Con la adolescencia, no llegó ni un solo novio. Ni un candidato, ningún pretendiente, ni siquiera un relativo interés en su compañía. Tampoco ella se interesaba en la compañía de los demás, hay que decirlo. Todo le parecía insulso, hueco, repetitivo. Simplemente se aburría. 


Jamás festejó Navidad ni Año Nuevo ni Reyes. Nunca celebró Carnavales ni Pascuas. Los días patrios le parecían intrascendentes y las celebraciones comerciales como el Día del Padre o de la Madre le resultaban directamente un fracaso absoluto. 


Su único trabajo fue en la casilla de control rutero que estaba en la entrada del pueblo. Allí nunca pasaba nada. Pero nada de nada. Podían transcurrir días enteros sin que un solo auto circulara cerca, mucho menos que intentara pasar por debajo del arco de bienvenida que había instalado la municipalidad hacía años. Semanas sin ver pasar un vehículo por la ruta, ni un camión cerealero ni un micro turístico. Ni siquiera una patrulla policial o el camión de los residuos. Nada, no pasaba nada. Y ese trabajo era perfecto para ella, que vivía aburrida; un trabajo terriblemente aburrido como ese, no le provocaba ningún daño. 


Nunca se casó. El matrimonio le parecía insostenible, que alguien pudiera querer a la misma persona durante décadas le resultaba insoportablemente aburrido. La convivencia con otro ser humano se le ocurría agotadora y por eso vivía sola. ¡Ni plantas tenía!


No leía, no miraba televisión y sobre todo, no escuchaba música. 

No disfrutaba de cocinar ni recibir visitas. A decir verdad, tampoco tenía amigos a quiénes invitar. Su casa era un cubículo prácticamente vacío, con una pequeña cama sin almohada, una mesa con una silla y un armario diminuto donde guardaba sus pocas ropas, la mayoría de color beige. La única ventana al exterior siempre estaba cerrada. No le interesaba conocer a sus vecinos ni que ellos la conocieran. 


Su apatía por las cosas le parecía perfectamente normal, nunca se quejaba pero siempre se aburría. Nada le provocaba placer, emoción, alegría ni euforia. Podía pasar horas acostada en su cama, boca abajo pero sin dormir, haciendo nada de nada. Todo en su vida era monótono, predecible, idéntico al día anterior. Un bodrio, resumiendo el asunto.


Hasta que una tarde de otoño, un domingo, su día de descanso laboral que solía pasar aburrida en su casa, encontró una carta bajo el felpudo gris de la entrada. Seguramente la habría dejado el cartero en los días anteriores pero ella no la había visto. El sobre era blanco, la letra prolijamente escrita a mano en tinta azul brillante, la estampilla excesivamente colorida y los sellos circulares denotaban que había llegado del exterior. 

No le hizo falta abrirla para saber su contenido. Sonrió por primera vez en muchísimos años. Sonrió con tantas ganas que le dolieron los cachetes en seguida por la falta de práctica, mientras una ola de euforia de origen desconocido la invadía completamente.


Bajó la valija del altillo, metió sus ropas, el pasaporte y todo el dinero ahorrado en estos años de trabajo. Cerró la llave de paso del gas y la del agua, bajó las térmicas para cortar la luz, salió del departamento y puso llave a la cerradura. Bajó los dos pisos por la escalera, porque jamás usaba el ascensor, y salió a la calle. El molesto viento levantaba las hojas del piso y ocasionaba un espectáculo sumamente irritante haciéndolas volar libremente. 


Caminó catorce cuadras hasta la estación del tren, sacó un billete y esperó once minutos. Cuando la locomotora llegó a la estación acarreando los vagones, aguardó su detención completa y caminó hacia el final del andén, para subir en el último coche. No deseaba compañía, como siempre. Cuanta menos gente, mejor. 


Entró en el tren y eligió un asiento en el pasillo pues mirar por la ventana le parecía demasiado vertiginoso. Guardó la valija en el portaequipaje y se sentó. Aguardó pacientemente los tres minutos necesarios para que el tren retomara la marcha y mentalmente se despidió de todo y de todos con un simple “adiós” porque no era afecta a los discursos ni mucho menos, ni siquiera si eran discursos imaginarios que no salían de su cabeza. 


Pasaron 23 años de ese día. Nadie nunca supo nada de Margarita. Nunca envió noticias a sus familiares, no mandó el telegrama de renuncia a su trabajo, no volvió a su casa ni mandó el dinero del alquiler. Lo único interesante que había pasado en su vida era esa carta, sobre la que nunca comentó a nadie y de la que nunca nadie supo nada. Paradójicamente, su vida aburrida se convirtió en mito en el pueblo, donde se cuentan leyendas sobre su destino, donde se fabulan ideas sobre sus decisiones, donde se inventan eventos que nunca ocurrieron para darle al relato la épica que necesita. 


Margarita vivió una vida aburrida, por decisión. Lo que fuera que la haya cambiado para siempre, se lo guardó en secreto y nunca nadie más preguntó por ella. 


Comentarios

  1. Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021.
    Consigna: escribir una historia en la que los personajes están aburridos y confrontando un gran vacío. Hacia el final de la trama, algo cambia definitivamente.

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