La habitación de Blanca
Hace dos años, cuando Blanca llegó a la habitación 23, el vidrio de la ventana que daba al patio interior no estaba roto. Sin embargo, por las juntas de esa abertura se metía el viento en las noches de invierno. No era un lugar donde se sintiera a resguardo de los peligros ni donde pudiera dormir sin sobresaltarse durante la noche, pero al menos tenía techo y paredes que le permitían frenar las ráfagas de temperaturas bajo cero y el aguacero de los meses de julio y agosto.
La habitación que eligió tenía una cama de dos plazas en el centro del espacio, cubierta por un acolchado tejido en color natural; a los pies, había dos sillones de un cuerpo tapizados en color manteca junto a una mesa de té redonda y un mueble de cuatro puertas que servía como espacio para guardar la ropa. Un escritorio de madera maciza y un televisor de 20 pulgadas completaban el mobiliario del lugar.
Las paredes, antaño, habían estado recubiertas por papel tapiz de color blanco con flores rosadas del tamaño de una nuez, acomodadas en ramilletes sujetos por un lazo rojo. Como prueba irrefutable de la teoría de la gravedad y de la calidad del pegamento, el papel caía en jirones, totalmente despegado y dañado de manera irrecuperable.
Las cortinas que oficiaban de marco a la ventana, supieron lucir su esplendor en el año de su inauguración, colgando desde la barra superior y luciendo su tela importada de Medio Oriente. No se había escatimado en gastos al momento de la decoración de cada habitación y esos géneros de suavidad cercana a una nube, se destacaban por encima de los demás elementos decorativos.
Dos cuadros con motivos ecuestres colgaban de la pared cabecera y le daban la imagen de campo que la habitación requería, considerando que el hotel era un emprendimiento familiar localizado en el centro de la estancia “La Julia” a 150 kms de la ciudad inmediata siguiente, sobre la ruta nacional que llevaba a la capital provincial.
Muchos muebles se veían totalmente cubiertos por una capa de musgo del espesor de una sábana y otros yacían bajo el polvo del abandono, olvidados y entregados al azar del futuro incierto. Los años de lluvias diarias habían hecho daños en el techo y por las tejas rotas se filtraba el agua, destruyendo a su paso cielorrasos, pintura, cableados y alfombras.
El hotel había sido abandonado por sus dueños hacía más de quince años y la naturaleza, con su fuerza incontrolable, había avanzado y ocupado espacios en pisos, paredes y techos. Por este motivo, nadie interceptó a Blanca al entrar al edificio por la puerta principal, ni le impidió el paso mientras subía por la escalera recubierta de alfombra al primer piso. No encontró ningún obstáculo en su camino a la sede elegida, más que la suciedad propia de un edificio cerrado, sin el mantenimiento correspondiente. Aún así, en el absoluto silencio del vacío, antes de avanzar miró hacia ambos lados para asegurarse de que nadie la observaba. La luz del atardecer se filtraba por las ventanas del pasillo que unían las habitaciones 20 a 29 y esa era la última iluminación del día, dado que el servicio de energía había sido suspendido intencionalmente para evitar riesgos de incendio por problemas eléctricos.
Blanca contempló el panorama que se abría ante sus ojos y caminó por el pasillo, observando todo a su paso, hasta que se ubicó delante de la puerta número 23, completamente abierta. Entró y recorrió visualmente las paredes, el techo, los muebles, el piso; sintió el frío del lugar y percibió la ausencia de otros que pudieran hacerle compañía.
Se resignó a la soledad que la acompañaba desde hacía más de seis meses, cuando abandonó su casa y salió a explorar la ciudad. Nunca más regresó, por convicción, porque el camino de regreso lo conocía detalladamente. Necesitaba su propio espacio y lo había encontrado. Avanzó tres pasos más y con un salto breve, comprobó que el colchón no tenía uso pues sus resortes estaban igual que nuevos. Las noches anteriores las había pasado a la intemperie, con las temperaturas del Polo Sur que se registraban en toda la zona. En un momento creyó que iba a morir, pero el instinto la salvó.
Enroscada como un ovillo blaco, Blanca aguarda la llegada de una mano amiga que le haga las caricias que le faltaron en estos meses. Su piel cubierta de pelos negros era un claro desafío a las convenciones del mundo. Sus bigotes quemados por meter la cabeza donde no debe y el extremo blanco de su cola, le dieron a Blanca esa personalidad indiscutible. Maulla por las noches, reclamando la llegada de sus compañeros, pero hasta ahora no tuvo resultados. Blanca está tan abandonada como el cuarto que habita desde hace dos años, pero no pierde la esperanza de recuperar el contacto humano
Texto escrito para el Mundial de Escritura 2021
ResponderEliminarConsigna: analizar una foto de un lugar abandonado y pensar quién puede vivir ahí. Para describir al personaje tienen que mostrarlo de una manera que no haga falta una explicación que resulte obvia. La idea de este ejercicio es deconstruir: elegir lo que ya conozco y empezar a describirlo de la forma más objetiva posible, dejando de lado las convenciones arbitrarias del lenguaje.
Me encantó. Muy bien el giro del final, me agarró desprevenido. Llegué acá desde tu tweet de las empanadas y el link al blog de tu perfil me llamó la atención. :D
ResponderEliminarCuando empezaste con el bigote por un instante me estaba delirando que era un travesti