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A confesión de partes...

En el pueblo se conocían todos, aún desde antes de nacer. Se sabían los parentescos, las amistades, los romances y las envidias silenciosas entre los moradores, un poco porque no eran tantos vecinos y otro poco porque la curiosidad era un motor difícil de manejar. Los padres acordaban los noviazgos de sus hijos, los puestos municipales se heredaban y no se registraban eventos violentos desde hacía décadas.  La cárcel siempre estaba vacía, como una muestra de la calidad moral de los habitantes de la zona. Una sola vez había albergado a un ladrón y el nivel de exposición y vergüenza generado por la condena social fue tan alto, que el pobre tipo no aguantó la tentación de terminar con su vida antes que el juez pudiera expedirse sobre la culpabilidad de los hechos que se le acusaban.  En esta aparente tranquilidad transcurrían los días en Villa Blanca, hasta que a Eduardo se le ocurrió la idea de matar a Isabel. La población enloqueció de pánico y asco, de terror y rechazo, de hor...

La carta

Margarita era una mujer aburrida. Lo sabía bien, siempre lo había sido.  Y ella, en silencio, se sentía un poco orgullosa de eso.  Nació en el hospital del pueblo, una tarde sofocante de verano, cuando todos dormían la siesta, a las 38 semanas exactas en un parto natural de 2 minutos. Nada memorable. Ni siquiera lloró.  En el colegio, se alejaba de sus compañeros lo más posible. Le parecían escandalosos, jocosos, gritones e innecesariamente gesticuladores. No apreciaban el silencio, como ella.  El peor momento de la jornada escolar era el recreo. Elegía quedarse sola en el aula sin hacer nada, mientras los demás jugaban en el patio a la rayuela o a las escondidas. La hora de música también le resultaba trágica: dos docenas de niños pequeños tratando de articular tambores, toc tocs, flautas y bombos en una sinfonía imposible. ¡Qué tortura! Odiaba la calesita, las hamacas, el tobogán y el arenero. Nunca aprendió a andar en bicicleta ni a remontar barriletes. No le gust...

Fin del viaje

"Besos y abrazos para todos" se lee en el reverso de la postal del puerto de Lisboa, donde el "Atlantis EuroStar" atracó en abril de 1988.  "Saludos a la familia, los extraño" reza el pie de la foto tomada frente al "Riviera Epic" recién ingresado en la zona portuaria de Punta Cana, en junio de 1987. "Espero verlos pronto, llevaré regalitos!" son las palabras escritas detrás de la imagen de enero de 1989, capturada en el atracadero de Sorrento, cuando el "Costa Cruceros" detuvo su marcha. Cientos de recuerdos de este tipo ocuparon el primer cajón de la cómoda del dormitorio, donde la tía Elvira guardó durante años los testimonios de viaje del tío Rafael, Lito para todo el mundo. Lito nació en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires. Desde chico, la cercanía al mar ejerció su influencia y nunca dudó sobre su destino. A los 7 años, ya sabía que quería ser Capitán de Barco. Pero nada de esos barcos pesqueros donde la tripulación...

El contraste

Él es joven, debe tener entre 12 y 13 años y tiene toda la vida por delante.  Yo estoy a un paso de los 80 y el final del camino está a la vista. Él es el quinto de doce hermanos, todos castaños de ojos claros, hijos de un padre campesino y una madre dedicada a la crianza de los niños y las tareas del hogar. Usa bermudas con tiradores y camisas de lino liviano, heredadas de hermanos, tíos y primos mayores, remendadas y desgastadas, pero pulcras. Yo soy padre de tres, viudo desde hace 4 años, y abuelo de siete niñas. ¡Quién lo hubiera dicho! Llevo pantalón y saco de traje, camisa y corbata de primera marca, lustrados zapatos de cuero y gemelos en los puños. Él es pobre, demasiado pobre. Comparte con sus hermanos la olla de guisado que su madre prepara con los vegetales que recolectan en el campo y un trozo de carne de algún animal recientemente cazado. Se turnan para sentarse a la mesa, porque el espacio no es suficiente para todos. Tampoco alcanzan los platos, los cubiertos ni los ...

Doña Emilia

Después de treinta años de quietud, por primera vez en su vida, Paula estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta de entrada. Muchas veces cruzó esa puerta siendo niña, pero nunca había sido ella quien la abriera. Siempre tocaba timbre para que la dejaran pasar desde el interior, cuando llegaba de visita con sus padres. Algunas veces golpeaba la mirilla de vidrio verde para que la dejaran entrar a ocultarse, cuando escapaba de los demás niños en la lucha por ganar a las escondidas. Otras veces evitaba la puerta de entrada y se metía por el portón abierto del patio o por alguno de los balcones franceses que daban a los dormitorios, para buscar un vaso de jugo fresco en las tardes de verano que pasaba en la vereda con sus primos y los vecinos de las otras casas. Por primera vez tenía la llave en sus manos y sintió el peso de los años sobre sus hombros. Había pasado mucho tiempo y la casa se veía gris, fría, solitaria. No se parecía en nada a lo que recordaba. Sus paredes de pie...