A confesión de partes...
En el pueblo se conocían todos, aún desde antes de nacer. Se sabían los parentescos, las amistades, los romances y las envidias silenciosas entre los moradores, un poco porque no eran tantos vecinos y otro poco porque la curiosidad era un motor difícil de manejar. Los padres acordaban los noviazgos de sus hijos, los puestos municipales se heredaban y no se registraban eventos violentos desde hacía décadas. La cárcel siempre estaba vacía, como una muestra de la calidad moral de los habitantes de la zona. Una sola vez había albergado a un ladrón y el nivel de exposición y vergüenza generado por la condena social fue tan alto, que el pobre tipo no aguantó la tentación de terminar con su vida antes que el juez pudiera expedirse sobre la culpabilidad de los hechos que se le acusaban. En esta aparente tranquilidad transcurrían los días en Villa Blanca, hasta que a Eduardo se le ocurrió la idea de matar a Isabel. La población enloqueció de pánico y asco, de terror y rechazo, de hor...