La habitación de Blanca
Hace dos años, cuando Blanca llegó a la habitación 23, el vidrio de la ventana que daba al patio interior no estaba roto. Sin embargo, por las juntas de esa abertura se metía el viento en las noches de invierno. No era un lugar donde se sintiera a resguardo de los peligros ni donde pudiera dormir sin sobresaltarse durante la noche, pero al menos tenía techo y paredes que le permitían frenar las ráfagas de temperaturas bajo cero y el aguacero de los meses de julio y agosto. La habitación que eligió tenía una cama de dos plazas en el centro del espacio, cubierta por un acolchado tejido en color natural; a los pies, había dos sillones de un cuerpo tapizados en color manteca junto a una mesa de té redonda y un mueble de cuatro puertas que servía como espacio para guardar la ropa. Un escritorio de madera maciza y un televisor de 20 pulgadas completaban el mobiliario del lugar. Las paredes, antaño, habían estado recubiertas por papel tapiz de color blanco con flores rosadas del ta...